La Selección Mexicana perdió, pero esta vez lo hizo con dignidad.
Cayó de pie. Entregó el alma, jugó con pasión y luchó hasta el último segundo frente a una de las selecciones más poderosas del mundo.
Inglaterra terminó replegada y defendiendo una ventaja mínima ante un México que jamás dejó de atacar.
No fue un Mundial como los anteriores. Esta vez vimos a un Tricolor valiente, decidido y siempre dispuesto a ir al frente. A lo largo de cinco partidos nunca se achicó frente a ningún rival y, lo más importante, volvió a despertar la ilusión de millones de mexicanos que, por momentos, creímos que era posible derrotar a una potencia mundial.
Y la realidad es que estuvimos muy cerca. Faltó mayor contundencia frente a la portería contraria y algunos errores defensivos terminaron siendo determinantes.
No hay que olvidar que nos enfrentamos a un equipo cuyo valor económico supera, en algunos casos con un solo futbolista, el costo total de toda la selección mexicana.
Sin embargo, más allá del resultado, quedó demostrado que México ya puede competir de tú a tú contra las grandes potencias del futbol.
Atrás parecen quedar aquellos tiempos en los que ni siquiera era posible marcarles un gol a los equipos top mundialistas.
Por eso sostengo que México perdió ganando. Este Mundial dejó una enseñanza invaluable: el Tricolor le perdió el miedo a los grandes escenarios y a los grandes rivales. Esa transformación mental vale tanto como cualquier trofeo.
Estoy convencido de que este proceso apenas comienza. Si la base del equipo se mantiene y continúa su desarrollo, la próxima Copa del Mundo puede encontrar a una selección todavía más madura, competitiva y con posibilidades reales de instalarse entre las mejores del planeta. Soñar con un campeonato mundial ya no parece una locura.
La destacada actuación de México también abrirá nuevas puertas para varios de sus futbolistas. Muchos de ellos son jóvenes, demostraron personalidad, talento, carácter y condiciones para dar el salto al futbol europeo o a otras ligas de alto nivel. Ese crecimiento individual también fortalecerá el futuro de la selección nacional.
Gran parte de ese mérito corresponde a Javier Aguirre. Con el material humano disponible logró construir un equipo sólido, competitivo y convencido de sus capacidades. Durante los cuatro primeros encuentros del Mundial mantuvo el invicto y, además, conservó su portería sin recibir anotaciones, una muestra clara del orden táctico que consiguió imprimirle al equipo.
Pero quizá el mayor logro de Aguirre y de los 26 mundialistas no aparece en ninguna estadística. Consiguieron algo que pocas veces ocurre en un país tan dividido: unir a millones de mexicanos detrás de una misma ilusión. Nos hicieron volver a creer, nos devolvieron la esperanza y recuperaron el respeto internacional hacia el futbol mexicano.
Fueron cinco partidos llenos de emociones. El Tricolor nos regaló alegría, esperanza e ilusiones que hacía muchos años parecían perdidas.
Cada gol de México fue un estallido colectivo. Lo gritamos con el corazón, lo celebramos en familia, abrazamos a nuestros hijos, convivimos con amigos y volvimos a sentir ese orgullo que sólo provoca ver competir dignamente a nuestro país.
Confieso que una de las imágenes más dolorosas fue ver a tantos niños romper en llanto al finalizar el partido. Sin embargo, también les diría que no dejen de creer y de soñar. Seguramente ellos volverán a encontrarse con esta selección en el próximo Mundial y, si este proyecto continúa creciendo, las historias pueden escribirse de una manera muy diferente.
Para muchos jóvenes y niños fue su primera Copa del Mundo siguiendo con verdadera emoción a una selección mexicana protagonista. Descubrieron un equipo que compitió con orgullo y personalidad. En este mundo digital y globalizado, donde la competencia existe en todos los ámbitos, también aprendieron que México tiene talento para aspirar a grandes objetivos, no sólo en el futbol, sino también en la economía, la innovación, la ciencia, la tecnología y el universo de la inteligencia artificial.
El balance final es ampliamente positivo. Cuando muchos anticipaban un fracaso rotundo, la selección sorprendió al país entero con un desempeño que superó las expectativas y devolvió la confianza en un proyecto deportivo que parecía agotado.
Somos una generación que creció acumulando decepciones mundialistas. Precisamente por eso, esta derrota duele de manera distinta. Duele porque estuvimos cerca. Duele porque ahora sabemos que sí podemos competir. Duele porque, por primera vez en mucho tiempo, una eliminación deja también un inconfundible sabor a victoria.
A partir de hoy ya no vale preguntarnos: «¿Y si no?»
Desde ahora, la única pregunta que debe acompañar al futbol mexicano es mucho más poderosa:
¿Y si sí?
Gracias.
Y si Dios nos deja.
No vemos cuando nos leamos…










