POR ALBERTO VIEYRA GOMEZ.
AMN. – En 1988, México entraba a la gran pluralidad política. La efervescencia se dejaba sentir en los 4 puntos cardinales de la nación azteca. El candidato presidencial del PRI, Carlos Salinas de Gortari no era bien visto ni por propios ni extraños.
Durante una etapa de la campaña electoral por Coahuila, Salinas tuvo que esconderse durante un día, pues había sido víctima de enardecidos adversarios que en Batopilas lo apalearon.
Al día siguiente de ese hecho, muchos reporteros que cubríamos la campaña salinista nos fuimos a un desayuno con el candidato del Frente Democrático Nacional, Cuauhtémoc Cárdenas. Al salir de esa tertulia, varios comunicadores seriamos testigos de un acontecimiento que no sobresalió en los medios de comunicación. Un grupo de fornidos hombres del campo despidieron al ingeniero Cárdenas y uno de ellos dio unos pasos hasta quedar en posesión de una pequeña lona, debajo de la cual había en la camioneta por lo menos una veintena de armas.
Le dijo aquél apuesto coahuilense a Cárdenas: “Señor ingeniero, estamos listos para lo que usted ordene. Si es necesario que tomemos las armas, usted tiene la palabra”.
Cuauhtémoc balbució y agradeció a aquellos hombres el ofrecimiento militarista. Diciendo: “Señores, les agradezco, pero creó que no será necesario llegar a tanto”. Y Cárdenas siguió su camino para otro día de Campaña, mientras Carlos Salinas seguía desaparecido.
Ocurrirían las elecciones presidenciales del domingo 6 de julio de 1988, con un monstruoso fraude electoral perpetrado desde la Secretaría de Gobernación por el entonces titular Manuel Bartlett Díaz, quien hoy y por inconfesables artes del poder sirve al régimen que se autoproclama como de la cuarta transformación. En los sótanos en la Cámara de Diputados en San Lázaro sería concentrada toda la paquetería electoral de la elección presidencial, pues la 54 Legislatura Federal sería la última que calificaría las fraudulentas elecciones.
Una noche durante los agrios debates, los diputados panistas encabezados por Abel Vicencio Tobar, abandonaron la sesión y se dirigieron al sótano para apoderarse de la paquetería electoral. En, pero, la tropa con fusil en mano les marcó el alto a los legisladores panistas, pero en las calles de la Ciudad de México el descontento popular contra las marranadas electorales era mayúsculo.
En dos ocasiones, Cuauhtémoc Cárdenas convocaría a multitudinarios mítines en la Plaza de la Constitución que estaba atiborrada y para moverse en ella era necesario chocar con alguno de los manifestantes, pues había por lo menos 4 personas por metro cuadrado. Mayúscula sería mi sorpresa cuando en muchos de los morrales de aquellos hombres del campo, portaban revólveres y hasta metralletas y en espera de que el ingeniero diera la orden de tomar Palacio con las armas en la mano.
El ingeniero Cárdenas sería muy prudente, en aquellos días todo estaba listo para que en México hablaran las pistolas. Cárdenas junto con Rosario Ibarra de Piedra y Manuel de Jesús Clouthier del Rincón, luchaban en las calles por hacer valer aquella incipiente democracia que hoy con un cavernario populista llamado Andrés Manuel López Obrador, está nuevamente en peligro y en espera de que Cuauhtémoc Cárdenas vuelva a convertirse en protagonista como en el 88. La semana pasada, AMLO haría visible a Cárdenas con sus temerarios ataques lo cual refleja que AMLO es un hombre sin escrúpulos, aun tratándose del hombre que abrió la brecha, para que hoy AMLO coma con manteca y divida a los mexicanos.










