IZÚCAR DE MATAMOROS, PUE. – Unos días cercanos al 25 de julio, los fieles católicos y devotos de Santiago Apóstol, preparan su fiesta Patronal en Coacalco, Atzala, El Capire, Teopantlán, el Barrio de Santiago Mazatla, el Barrio de Santiago Mihuacán y por supuesto la ahora Parroquia de Santiaguito; en dónde en ésta última, se encuentra la escultura del Apóstol Santiago más grande y a caballo, que ni en Santiago de Compostela en España encontramos.
Pues bien amigos, aun cuando el sismo del 19-S , dañó el templo y la escultura de nuestro Santo Patrón, la fe está puesta en esta réplica que los escultores Miguel Ángel y Raúl Ricardo Lezama realizaron.
Así amigos les quiero compartir la Leyenda muy conocida por los izucarenses y de la región, cómo se hizo el mismo Señor Santiago, una leyenda que pasó de generación en generación, dándole su toque maestro la escritora y poetisa Josefina Esparza Soriano, así como Irma Hilda Aguilera Guevara y nuestro también amigo izucarense Emilio Velazco Gamboa, de quién compartimos ésta bella leyenda, hoy 25 de julio del 2021 , que aunque en forma austera , pero con mucha devoción se realiza su fiesta a nuestro querido SANTIAGUITO.
EL ESCULTOR
Emilio Velazco Gamboa
Célebre y reconocido es, sin duda, el templo católico erigido para el Santo Patrono de Izúcar de Matamoros, del cual existe una escultura de la que muy pocos conocen su historia.
Allá en la época de la colonia, la fecha se pierde en la oscuridad del tiempo, los ministros de la Santa Iglesia iniciaron la construcción de dos templos para evangelizar el valle de Itzocan: el del Apóstol Santiago y el de Santo Domingo, sólo que, cuando los sacerdotes terminaron de construir el primero, se percataron de que no tenían ninguna efigie del santo.
Peor aún, no tenían escultor ni capital para mandar hacer la escultura. De esa manera, se resignaron a esperar que tuvieran los dineros, o bien, que el señor Obispo de la Puebla de los Ángeles les mandara un artista.
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Cierto día, un hombre llegó a Izúcar diciéndole al párroco que era escultor y que había nacido en Compostela, España y que, al enterarse de que los evangelizadores de ese valle no tenían dinero para pagar los servicios de un artista que hiciera la imagen del discípulo de Jesús, se había decidido a realizar esta noble tarea sin exigir emolumento alguno.
El Padre, conmovido por aquel hermoso acto de fe y caridad, preguntó al hombre el material que requería para construir la escultura y cuáles serían los alimentos que querría tomar a diario. El escultor pidió que sólo le llevaran cañuelas de milpa para hacer el esqueleto de la imagen, y barro para moldearla; y como alimento, sólo pan y vino.
Extrañado, el cura le preguntó: “¿Sólo cañuelas y barro? ¿No queréis mejor roble o mármol? ¿Y sólo deseáis pan y vino? Después de todo, si vos habéis tenido la buena voluntad de ofrecer vuestros servicios de modo tan altruista, seguramente habrá un alma que nos convide carne, fruta o queso”.
“Pedonad vos, Padre” exclamó el hombre, “las cañuelas sólo me servirán para reforzar y sostener el cuerpo de la santa imagen. Pero, cuando Dios Nuestro Señor creó al hombre a su imagen y semejanza, ¿creéis vos que acaso necesito usar piedra, roble o mármol? No, Padre: usó barro”.
“Además, Jesús dijo a sus discípulos que comieran el pan y bebieran el vino, porque éstos eran su carne y su sangre. ¿No es éste, acaso, el Cuerpo de Cristo? ¿Creéis que podré tener mejor alimento?”.
El párroco, conmovido por aquellas palabras tan ciertas, le procuró de sus peticiones sin mayor averiguación. Después, le preguntó al escultor las condiciones en que necesitaría trabajar y el tiempo en que concluiría la obra.
El hombre le contestó: “Agradezco vuestras atenciones, Padre, y os quiero pedir que se coloque una cortina para que nadie mire cómo realizo mi trabajo hasta que lo acabe. Los alimentos sólo vos los pasaréis, y nadie más, bajo la cortina, misma que no deberéis alzar más de un palmo para tal fin, y si acaso se ofreciera alguna cosa, hablaré sólo con vos. Con nadie más. En siete días terminaré la imagen. Entonces la podréis ver todos”.
El sacerdote, lleno de fe, cumplió con la parte del trato que le tocaba y, a cada día que pasaba, ansioso y emocionado, le preguntaba al escultor cómo iba la figura, a lo que éste le respondía “Bien, Padre, bien”.
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Al séptimo día, muy temprano, el escultor pidió al párroco que él y sus feligreses asistieran juntos para conocer la imagen del Apóstol Santiago, pero que esperase a que le indicara el momento de correr la cortina.
Así lo hizo el cura, y cuando todos estuvieron reunidos en el templo, le dijo esto al artista: “Aquí están reunidos todos los hijos de la Santa Madre Iglesia esperando ver vuestra maravillosa obra. Todos queremos conocer la imagen de nuestro Santo Patrono, que deseamos nos brinde vuestro amor y protección en estas tierras del Señor”.
El escultor, por su parte, les contestó: “Padre, el Apóstol Santiago os ha elegido para vivir entre vosotros y ser vuestro Patrono, convencido de la fe que tenéis en él. Ése es el don más maravilloso, la fe. Ése es el máximo tributo que podemos rendir a Dios, Nuestro Señor y a Su Hijo hecho hombre. Podéis quitar la cortina” y así lo hicieron.
El párroco y aquellos que conocieron al escultor cayeron de rodillas ante el prodigio que estaban mirando: el rostro del santo era el mismo del artista que, montado en un blanco bridón y cubierto por una túnica, empuñaba una espada en la diestra y posaba su mirada piadosa en todos ellos. Además, los alimentos estaban intactos
Los demás fieles también se hincaron al comprender el milagro que estaban presenciando. Después, su guía espiritual, conmovido, les dijo este mensaje: “Hijos míos, Dios, Nuestro Señor, estará por siempre en Itzocan, ya que nos ha enviado a uno de los discípulos de Su Hijo Unigénito: el Santo Patrono del Valle de Itzocan, el Apóstol Santiago, quien nos protegerá de los males y de las desgracias futuras”.
“Él os ayudará si vosotros le pedís auxilio y cobijo, porque es el depositario del poder y la misericordia de Dios en estas tierras. Hijos míos: demos Gracias al Creador”.
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Y es verdad. Cuando ustedes vengan a Izúcar de Matamoros, acérquense al Apóstol Santiago: sentirán su piadosa mirada transmitir paz y tranquilidad a su alma, así como el amor que le tiene a esta noble y bella región.
Y ese mismo amor se siente por él en Izúcar de Matamoros, tal como se le demuestra el 25 de julio de todos los años, día en que se conmemora la fecha de su llegada.










